Kurt Gödel y Donald Trump

trump La elección del cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos está siendo singular por varios motivos. Uno es que por primera vez uno de los contendientes es una mujer. Pero la mayor rareza viene por las serias dudas que el otro candidato, Donald Trump, ha generado a lo largo de la larguísima campaña. Dudas que llegan a arrojar sombras incluso sobre su catadura democrática. Dudas que provienen de sus afirmaciones hirientes sobre la generalidad de los hispanos, las mujeres o los emigrantes, de su engreída ignorancia de aspectos estratégicos y fundamentales ya sean de política nacional ya de internacional, o de sus promesas de no reconocer los resultados electorales salvo que él sea el ganador. Pero, ¿es Trump el problema o sólo el síntoma de un sistema político con fallos ocultos? El caso es que hace casi 70 años, el lógico Kurt Gödel ya avisó sobre posibles deficiencias en ese sentido de la Constitución americana.

Gödel fue un solitario que dedicó la mayor parte de su vida a pensar, a indagar el mundo sutil de los conjuntos, a buscar las fronteras de lo que es lógicamente admisible: ya fuera en los sistemas formales de Hilbert, ya en los universos que las ecuaciones de la relatividad general de Einstein permiten e, incluso, en la Constitución de los Estados Unidos.

De los pocos amigos que tuvo Gödel, uno fue Einstein, con quien solía pasear casi a diario en Princeton desde 1942 y hasta la muerte del físico en 1955. Para muchos fue sorprendente que dos personalidades tan diferentes llegaran a congeniar tanto; según Ernst Straus, que ejerció un tiempo como asistente de Einstein en 4-12-a-3-godel-viejoPrinceton, este era «sociable, feliz, un mar de risas y sentido común», mientras que Gödel era «solemne en extremo, muy serio, bastante solitario, y desconfiaba del sentido común como herramienta para alcanzar la verdad». Pero algunos que llegaron a conocer bastante bien a ambos, apuntaron otra razón para esa amistad; John Dawson, el principal biógrafo de Gödel, escribió: «Einstein reconoció que Gödel tenía necesidad de alguien que le cuidara y se ofreció gustoso a ser su protector». Como también lo protegieron John von Neumann y Oskar Morgenstern ―el célebre economista austriaco que escribió con von Neumann el primer libro sobre teoría de juegos―.

Einstein y Morgenstern actuaron como testigos cuando Gödel se naturalizó ciudadano americano. Era preceptiva una audiencia donde el juez podía preguntar al interesado por determinados aspectos de la Constitución americana antes del juramento de lealtad. Gödel estaba muy preocupado, pues decía haber encontrado una contradicción en la Constitución que podía conducir al país a una dictadura como la que Hitler impuso en Alemania. Recordemos que Gödel adquirió la nacionalidad americana en diciembre de 1947.

De hecho, durante su audiencia con el juez Philip Forman, Gödel empezó a hablarle sobre tan delicado asunto y, ante el cariz que tomaba la discusión, Einstein y Morgenstern tuvieron que intervenir. Afortunadamente, el juez era el mismo que le tomó el juramento a Einstein cuando unos años antes se naturalizó norteamericano y la cosa se pudo reconducir.

Aparte de un grandísimo lógico, el mejor de todos los tiempos, Gödel fue también un grandísimo paranoico. Tuvo, por ejemplo, serios problemas con dos de las más elementales necesidades humanas: comer y excretar. Convirtió en obsesivos sus problemas de estreñimiento y durante los últimos treinta años de su vida llevó un minucioso registro diario ―se conservan cinco detallados cuadernos― de los laxantes y/o enemas que se aplicó. Y casi había que obligarlo a comer; posiblemente a causa de una úlcera, llevó durante buena parte de su vida un severo régimen de comidas ―de otra forma se veía aquejado de problemas estomacales―. Y no fue raro que cayera en la desnutrición. Obsesionado con un presunto envenenamiento, dejó de comer durante varios periodos de tiempo en sus últimos años de vida. De hecho murió de hambre, de un hambre autoimpuesta: según consta en su certificado de defunción, Gödel falleció de desnutrición e inanición como resultado de un trastorno de la personalidad.

¿A qué habría que achacar esas presuntas contradicciones que Gödel encontró en la Constitución americana, y que podían conducir al país a una dictadura? ¿A la lógica o a la paranoia? Escuchando todo lo que ha dicho Trump a lo largo de esta campaña, y viendo como ha llegado al final con ciertas posibilidades de ganar, uno tiende a pensar que los vaticinios de Gödel deben más a la lógica que a la paranoia.

Referencias

A.J. Durán, Pasiones, piojos, dioses… y matemáticas, Destino, Barcelona, 2009.

Esta entrada participa en la Edición 7.7 del Carnaval de Matemáticas, que en esta ocasión organiza Los Matemáticos no son gente seria.

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